Solo en una oportunidad acepte arrojar las monedas del I Ching, un poco por cortesía con quien me encontraba en ese momento; pero decididamente por lo que me encontré en la primera hoja del libro: el poema de Borges que encabeza este blog. El I ching o libro de las mutaciones es un libro oracular, enigmático, y supone un universo regido por el principio del cambio. No me quedó ni un recuerdo de aquellos oscuros párrafos que me leyeron del libro y que resultaron señalados como efecto de una extraña combinatoria de tres monedas arrojadas. Pero el título del capítulo leído se enlazo con algo: "El andariego" y he aquí el encabezamiento de estas notas escritas en viaje. Las entradas están ordenadas por país y en orden cronológico. En el cuerpo central están los escritos realizados a medida que se avanza en el camino. A izquierda fotos del lugar, curiosidades, sucesos del viaje y anécdotas. Las páginas están ordenados por país de algunos de los cuales solo hay registro fotográfico.

Relato II - Nepal - Movimiento

Acompaño la ola de gente siguiendo las sucesivas direcciones que van marcando. En el camino personas rezando en pequeños templos, o frente a imágenes, calles donde autos, motos o bicicletas van en el sentido que necesitan y no en el impuesto por una flecha, algunas vestimentas extrañas, bullicio, comida callejera, ofertas de todo tipo.
En los bolsillos: el inútil mapa, la cámara, algo de dinero, y algo mas: un reloj. A esa altura la única referencia conocida que queda, casi mi última esperanza. Unos días antes y por primera vez en mi vida había comprado uno después que en mi adolescencia dejara de funcionar uno de esos regalos familiares que de alguna manera te introducen ritualmente en nuestro mundo concocido.
En los bolsillos también algunas frases escritas en signos desconocidas que pedí me escribieran antes de salir del hotel.
Miro esa hoja arrancada de la libreta de viaje, así empezó a escribirse: arrancando una parte y trazando como garabatos palabras ocultas en extrañas líneas curvas y rectas sin puntos, comas o espacios. Los primeros registros en ella eran incomprensibles para el que se suponía debería ser su cronista y contenían mucho mas que una dirección, necesitaban para que funcionaran de mi confianza.
Qué dirían esos signos? Cuantas cosas podrían estar escritas mas allá de mi voluntad y de mi comprensión en un lenguaje que en su origen cuando necesita negar no utiliza el “no” porque carece de esa forma discursiva.
No hay otra opción, he perdido algo y solo me queda confiar.
La caminata se transforma en un pequeño viaje a un templo en una colina cercana. Al rato me detengo aceptando la oferta de un té callejero, por lo visto a cambio de que el oferente sacie su curiosidad con el extraño y practique su inglés. Al tiempo la escena comienza a cambiar, menos gente, puertas que se empiezan a cerrar, pasos que se apuran.
Salvo por los puntos de inicio o final de los recorridos, aquí no hay paradas de colectivo, muy pocos tienen alguna identificación; el sistema se basa en los gritos que el cobrador del pasaje emite colgado del estribo anunciando el punto al cual se dirigen, por eso es necesario mi pequeña hoja de garabatos lineales.

Creo tener en mis bolsillos lo necesario. Antes de despedirme de mi interlocutor le pregunto sobre cómo moverme para mi tranquilidad en la vuelta, nada especial, como llegué debía volver sin precaución alguna. Miro el reloj, considero que hay tiempo, puedo caminar un rato más aprovechando incluso que alrededor el movimiento comienza a apaciguarse.
Así que, ya en el último intento de prolongar la conversación, le pregunto por su hora de cierre, y a qué hora pasa el colectivo para el regreso.
La respuesta se expresa como obvia: - “Cuando baja el sol”.
¿Y a que hora es eso? - le pregunto mirando mi reloj
La respuesta no deja de ser obvia: no lo sé dijo tranquilamente.
Miro al cielo, en los huecos de las bajas casas solo se ven nubes.