Laberinto
¿Intentaría pedir ayuda? ¿Me pararía en una esquina con el mapa abierto mirando no sé qué a no sé dónde, a la espera de que algún transeúnte se apiade y se acerque? De puro orgullo desisto de la idea, pero el desasosiego se apodera mí: no puede ser me digo. Cautivado por ese montón de diferencias vuelvo al mapa, todas las referencias están más o menos en su lugar, algunas se pueden localizar. Camino, voy y vuelvo buscando, pero al intentar encadenarlas para encontrar y encontrarme en el punto en el que estoy, nunca coinciden. Cada una es hallable por separado pero no puedo unirlas para localizar dónde estoy en este espacio.
Un mapa, una flecha, un GPS funcionan para localizar sitios que solo existen cuando el que los necesita los constituye, usa y habita. Cuando esta práctica subjetiva es compartida el resultado es ese efecto por el cual si por arte de magia cualquiera de nosotros apareciera en un barrio de una ciudad desconocida aún cuando hable otro idioma, entendería su lógica, porque las formas de construcción espacial son compartidas; y porque como efecto de retorno me reconozco en un espacio. En ese caso a lo sumo podría perderme, es decir equivocar, como puede pasar en Buenos aires, el rumbo.
Es necesario volver a plantear la circunstancia. Sé como volver al hotel, fui tratando de dejar pequeñas miguitas de recuerdos en el camino; a esa altura no sería un problema es el mediodía y hay tiempo. Pero ¿cómo es posible que todo esté en su lugar y al mismo tiempo no lo encuentre? Es que no veo los puntos en el mapa? Si están ahí ¡! Diría solo que puedo mirarlos.
Intento vanamente comprender algo de lo que aquí sucede.
Tengo que admitirlo estoy extraviado. No se trata del problema de cómo regreso seguro ni de un rumbo equivocado sino de algo para lo cual no encuentro palabras. Es un efecto instantáneo, me pregunto quién o qué es el extraviado, ¿es mi cuerpo, errante por pasajes llenos de vendedores que se acercan y con gestos grandilocuentes me invitan a comprarles? ¿Es mi raciocinio el extraviado qué no llega a armar una escala con los puntos de referencia en un mapa? ¿Será qué mi cuerpo llegó hace unas horas y mi alma todavía está en camino atrasada en alguna añoranza?
Podrá ser así me digo y me dispongo a deambular y errar mientras miro, escucho, huelo.
La calle es un espacio lleno de estímulos que parecen desordenados y caóticos: bocinas, gritos, olores, roces. La tracción es a sangre, la mayoría camina o se sube a “taxis” que por pocas rupias y mucho pedaleo te trasladan sin importar la distancia o la pendiente. En la avenida central pequeñas furgonetas anuncian a bocinazos y gritos sus destinos, parecieran que van rápido, pero no es así ya que nada los apura. Todos de alguna manera esperan, hablando, meando o escupiendo. Impresiona esa costumbre. Un vendedor respetuoso y correcto, el mozo de un pequeño café, la estudiante que aguarda, todos, sin distinción, escupen una y otra vez frente a mi atónita. Muchas veces despiden de sus bocas una extraña amalgama de color rojo que preparan envolviendo un polvo en una pequeña hoja como de parra; al hablar o sonreír su boca se muestra pintada y sus dientes coloreados, parecen sangrantes. Las calles, las paredes están llenas de manchas rojas. Con ese mismo tinte de gusto incierto y levemente alcalino marcan sus imágenes callejeras y sus frentes como una ofrenda a los dioses. Eso sí a la entrada de mi bodegón preferido un pequeño lavabo, escala obligada si no se quiere ser mal visto ya que la comida se sirve y se ingiere sin cubiertos, con la mano. Este modo para mí siempre tentador y exquisito de comer no es tan sencillo como parece, especialmente teniendo siempre arroz como el plato central de todo menú. El desafío consiste en armar el pequeño bollo blanco con algún acompañamiento de verdura o pollo sin que se desarme antes de llegar a la boca y sin olvidar calcular el tamaño. Además, por supuesto recordando hacerlo siempre con la mano derecha; la izquierda está reservada para su uso en el baño.
Todo es demasía, desproporción, atropello y desorden como estas impresiones. Cualquier intento de rescate o reconquista es en vano. Más que estar perdido algo se perdió. Un camino una dirección sería lo mas fácil de recobrar, lo que se olvida se puede recordar, lo que se extravía… recuperar, lo que se abandona… reconquistar, pero la pérdidas tienen otras vicisitudes, a lo sumo queda algún desordenado recuerdo, como este que estoy contando aquí.
Qué se perdió?, si solo fueran otras costumbres sería simplemente cuestión de adiestrarse a nuevos hábitos o prácticas y de alguna manera sería mas fácil. Aquí dios está vivo y saludable, los hombres y mujeres se diferencian primero por su casta, la higiene o limpieza no son valores excepto cuando se la venden a un extranjero, el sol marca el tiempo y no porque no tengan relojes, hay más vacas que perros, y todavía quedan prohibiciones.